martes, 3 de septiembre de 2013

La educación de la inteligencia emocional en la infancia



Las emociones están presentes en nuestro día a día, determinando nuestro estado de ánimo e influyendo en nuestra conducta y en la forma en la que nos relacionamos con los demás; por ello, el enseñar al niño desde pequeño a saber manejar esas emociones es muy importante.

La inteligencia emocional como toda conducta, es transmitida de padres a hijos, a partir de modelos que el niño crea por imitación.

Las cualidades que engloba la inteligencia emocional como son la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar, la expresión de los sentimientos, el autocontrol, la independencia, la capacidad de adaptación, de resolución de problemas, el respeto...etc. ; comienzan a enseñarse a través de la comunicación abierta entre padres e hijos.
 
 

Que éstos se sientan guiados por sus padres y demás adultos que les rodean, creando un clima de seguridad y confianza forma la base para el desarrollo de una buena autoestima.
Está comprobado que los padres que manifiestan afecto a sus hijos, brindan adecuados modelos de conducta y guían a sus hijos a expresar y canalizar adecuadamente sus emociones, forman a los niños de manera positiva e integral.

Cualquier tipo de juego es útil para incentivar y desarrollar estas capacidades en el niño.


Los cuentos también son estrategias importantes de aprendizaje del pensamiento emocional a la vez que nos permiten adentrarnos en la vida de otros, observando todo lo que se plasma desde una distancia de seguridad.

Además de la familia, la escuela es otra fuente de educación emocional, no sólo se limita a transmitir conocimientos, sino que en ella los niños aprenden a desarrollar actitudes éticamente valiosas; sin embargo a veces el tiempo es limitado y observamos un déficit en los aspectos relacionados con la educación de las emociones, que se debería abordar en todas las etapas evolutivas, comenzando preferentemente en la educación infantil.

Para ello, puede ser de gran ayuda el que nuestros hijos acudan a talleres con otros niños de su edad donde personas especializadas en ello se dediquen a enseñar este tipo de habilidades.

Aprender a identificar emociones, saber cómo se producen y para qué sirven, aprender comunicación no verbal, para ser capaces de identificar emociones en los demás o ser capaces de manejar la ira y la frustración, todo esto con un ambiente de juego y lúdico puede ser muy enriquecedor.

Desde nuestra consulta lanzamos talleres al respecto, tanto para padres como para niños, los primeros son destinados a padres que quieran aprender cómo transmitir a sus hijos esos valores a través de diferentes técnicas y herramientas y el segundo va dedicado a los propios niños, en grupos reducidos donde poder trabajar y potenciar su inteligencia emocional.

 


sábado, 20 de julio de 2013

Vacaciones de verano: rutinas, campamentos y deberes



Ha llegado el verano y con él, las vacaciones escolares, con todos los cambios en la dinámica familiar que eso conlleva: más tiempo libre, actividades fuera de casa, cambios en las rutinas y horarios,…
Hay muchos padres y madres que llegadas las vacaciones de los niños nos plantean dudas en relación a, sobre todo, tres cuestiones: ¿se debe ser flexible con las rutinas de descanso, horarios, etc?, ¿dejo que mi hijo vaya de campamentos? y finalmente, ¿hay que hacer deberes en vacaciones?.
En cuanto a los horarios, rutinas habituales de sueño, alimentación, etc, podemos ser un poco más flexibles, dejando que los niños se acuesten y se levanten más tarde, que jueguen un poco más a los videojuegos o vean un ratito más la tele. Muchos expertos dicen que el horario de acostarse y levantarse no debe retrasarse más de dos horas, salvo excepciones. Lo que sí que es aconsejable, es que estas rutinas se vayan acercando al horario habitual paulatinamente cuando se acerca el regreso al colegio.

Por otro lado, cada vez es más frecuente que en esta temporada de vacaciones, los niños acudan a algún campamento o campus de verano. En primer lugar, porque las vacaciones de los niños suelen ser mucho más extensas que las de los padres y estos campamentos nos aportan un entorno seguro donde atienden a nuestros hijos durante nuestro horario laboral estival. Dejando de lado este tipo de cuestiones, podemos encontrar muchas ventajas para el desarrollo de nuestros hijos: aportan nuevas experiencias de desarrollo social y emocional, los niños aprenden en un entorno lúdico, aprenden a comunicarse, convivir, integrarse. Además, hoy en día hay multitud de campus diferentes, desde los que duran un día hasta los semanales o quincenales; los que sólo son unas horas unos cuantos días, hasta los que los niños pernoctan en el campamento varios días; también encontramos desde los más lúdicos hasta los que se centran en el aprendizaje de un idioma o deporte. Para elegir el más adecuado a las necesidades de nuestros hijos tenderemos que tener en cuenta algunas cuestiones como horarios, edad del niño, qué actividades le gustaría hacer a nuestro hijo, si ha salido alguna vez a algún otro tipo de actividad fuera de la ciudad, quienes son los responsables del campamento, etc. En cualquier caso, los campus son una alternativa que no sólo va a hacer que el niño esté cuidado y entretenido durante el verano, sino que puede ser muy beneficioso para su desarrollo afectivo,  social y cognitivo.
Por último, en cuanto a los “deberes”, tenemos que decir que hay muchas opiniones al respecto, desde los que opinan que el verano el niño tiene que dejar cualquier actividad escolar, hasta los que opinan que hay que mantener una rutina durante todo el verano. En mi opinión, lo más adecuado sería un punto medio: hacemos alguna actividad un ratito al día. A no ser que el niño tenga que recuperar alguna asignatura en septiembre, donde sí que estableceríamos una rutina más estricta o incluso sería conveniente que hiciera alguna actividad de estudio controlado (las academias de “repaso”), se puede dedicar un momento del día para hacer actividades escolares. Estas actividades tendrán que ser menos rígidas que los deberes que les mandan a los niños durante el invierno. Además podemos aprovechar las actividades de veraneo para hacer esos repasos: si vamos al campo podemos intentar reconocer plantas y árboles, podemos repasar la geografía mientras hacemos un viaje, leemos los carteles del pueblo que no conocemos, clasificamos las piedras que hemos recogido en la playa,…
No debemos olvidar que, como los adultos, los niños también necesitan un tiempo de desconexión, de reactivación, de recarga de pilas, y eso, lo hacen durante las vacaciones de verano. 

¡FELICES VACACIONES!

viernes, 24 de mayo de 2013

TDAH: ASPECTOS CLÍNICOS


 El trastorno de déficit de atención es un trastorno con un cuadro sintomático muy heterogéneo desde el punto de vista clínico y de pronóstico. Se caracteriza básicamente por una atención dispersa y lábil, impulsividad e inquietud motriz exagerada para la edad del niño y sin ningún objetivo.

El TDAH se ha descrito desde la antigüedad y que ha quedado reflejado en diferentes documentos literarios o artísticos y aunque hasta ahora se ha considerado un problema de conducta, hoy en día se conceptualiza como un trastorno del neurodesarrollo, como los trastornos de comunicación, de desarrollo intelectual , los del espectro autista, los trastornos del aprendizaje y los motores.

 


Los criterios más utilizados para el diagnóstico del TDAH provienen de la Asociación de  Psiquiatría Americana (APA) y de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los primeros se recogen en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM, por sus siglas en inglés) y los segundos en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).

 

CRITERIOS DIAGNÓSTICOS DEL DSM-IV-TR

 
A.Debe cumplir 6 o más de los síntomas siguientes para el déficit de atención y/o hiperactividad, síntomas que debe haber estado presentes durante más de 6 meses.

Déficit de atención

1. No pone atención a los detalles y comete errores frecuentes por descuido

2. Tiene dificultad para mantener la atención en las tareas y los juegos

3. No parece escuchar lo que se le dice cuando se le habla directamente

4. No sigue las instrucciones, no termina las tareas en la escuela, no termina los “recados”, a pesar de entenderlos

5. Dificultades para organizar sus tareas y actividades

6. Evita o rechaza realizar tareas que le demanden esfuerzo

7. Pierde sus útiles o cosas necesarias para hacer sus actividades obligatorias (lapiceros, libros...)

8. Se distrae fácilmente con estímulos irrelevantes

9. Olvidadizo en las actividades de la vida diaria

Hiperactividad-impulsividad

1. Molesta moviendo las manos y los pies mientras está sentado

2. Se levanta del puesto en la clase o en otras situaciones donde debe estar sentado

3. Corretea, trepa... en situaciones inadecuadas

4. Dificultad para relajarse o practicar juegos donde debe permanecer quieto

5. Está continuamente en marcha como si tuviera un motor por dentro

6. Habla excesivamente

7. Contesta o actúa antes de que se terminen de formular las preguntas

8. Tiene dificultad para esperar turnos en los juegos

9. Interrumpe las conversaciones o los juegos de los demás

 

B. Algunos síntomas presentes antes de los 7 años

C. Síntomas presentes en dos o más lugares (escuela, casa...)

D. Clara evidencia de afectación social, académica u ocupacional

E. Exclusión previa de otros trastornos del desarrollo que puedan estar justificando la sintomatología a estudio.



TDAH combinado: mínimo 6 síntomas de inatención y 6 de hiperactividad/impulsividad.

TDAH inatento: mínimo 6 síntomas de inatención.

TDAH hiperactivo/impulsivo: mínimo 6 síntomas de hiperactividad/impulsividad.



Actualmente se están preparando los criterios del DSM-IV, en el que se harán algunas puntualizaciones a los síntomas, en concreto propone cambios en la redacción para poder definir características en adolescentes y adultos,  y en cuanto a los tipos de TDAH propone:



Combinada: mínimo 6 síntomas de inatención y 6 de hiperactividad/impulsividad.

Inatenta restrictiva: mínimo 6 síntomas de inatención y máximo 2 síntomas de Hiperactividad/Impulsividad

Inatenta: Idem TDAH inatento (excepto que mínimo 3 síntomas de hiperactividad/impulsividad).

Hiperactiva/impulsiva: Idem TDAH hiperactivo/impulsivo.



El Trastorno por déficit de atención y/o hiperactividad (TDAH) es el problema más frecuente en la neurología del desarrollo y uno de los motivos más prevalentes en la consulta neuropediátrica. Se acepta generalmente que en la práctica, la prevalencia de este trastorno se sitúa aproximadamente en el 6% (3-10%). Esta prevalencia supondría la existencia en nuestro país de 400.000 niños y adolescentes afectados.



CARACTERÍSTICAS CLÍNICAS DE LOS NIÑOS/AS CON TDAH

Dos son los ejes principales sobre los que incide el TDAH: el déficit de atención y la hiperactividad-impulsividad. La mayoría de los niños presentan un trastorno de tipo combinado con características de ambos ejes.

LA CONDUCTA: nos referimos a comportamientos observables.

-La conducta desatenta: la falta de atención tiene manifestaciones comportamentales y cognitivas. En relación a las conductuales o comportamentales, son niños que suelen cometer más fallos aún siendo tareas motivantes, atienden a los estímulos novedosos como el color, los cambios en las formas o en el tamaño y el movimiento. No establecen de forma correcta un orden de prioridades ante los estímulos que se les presentan.



-La conducta hiperactiva: hace referencia a la excesiva actividad motora, necesidad de moverse constantemente y falta de autocontrol emocional y corporal. Esta excesiva movilidad suele desaparecer en la adolescencia, pero persisten los problemas de atención y de impulsividad. Muchas veces, cuando la actividad  motora es muy excesiva, puede deteriorar la relación del niño con el entorno e incluso hay casos en los que los niños presentan dificultades en la coordinación motriz.



-La conducta impulsiva: las manifestaciones conductuales de la impulsividad tienen que ver con la falta de control: actuar sin prever las consecuencias, deseo de gratificación inmediata, propensión a los accidentes,…

Otras manifestaciones comportamentales del TDAH son: desorganización personal (material escolar desordenado, pérdida constante de objetos, dificultades al colocar los datos de un problema de matemáticas,…).

En algunos casos, estas dificultades comportamentales dan lugar a problemas graves de comportamiento, incluso durante un tiempo se consideró que la hiperactividad y la agresividad eran un mismo problema.



FUNCIONAMIENTO COGNITIVO: el TDAH no es una disfunción cognitiva, ni correlaciona con ningún tipo de disfunción cognitiva; lo que sí que suele suceder, es que por los problemas de atención, pueden dar puntuaciones inferiores a la media en las pruebas de capacidad cognitiva. Podemos decir que las personas con TDAH tienen un funcionamiento cognitivo diferente, no inferior ni superior. Vamos a ver algunas de las características del funcionamiento cognitivo de las personas con este problema:

-Dificultades en la atención controlada y en procesar varios estímulos a la vez. Cuantos más estímulos irrelevantes haya, peor es su rendimiento. Además, puede haber dificultad para distinguir qué estímulos son relevantes para la realización de una tarea.

-Muestran bajo rendimiento cuando la tarea es larga o repetitiva y atienden más a estímulos novedosos y rápidos.

-Suelen procesar la información de manera superficial, por lo que tienen dificultades en recordar lo aprendido.

-Procesan la información de manera impulsiva, es decir, no analizan los datos e incluso dan respuesta sin haber completado  la lectura o escucha de la información.

-En ocasiones muestran inflexibilidad cognitiva: pueden cometer el mismo error una tras otra vez y tienen dificultad para mostrar una respuesta alternativa más adecuada a la situación.

- Dificultades en la función ejecutiva: la función ejecutiva es la capacidad cognitiva plana planificar y organizar la información, aspecto en el que las personas con TDAH pueden mostrar grandes dificultades.

-Necesitan pautas para organizarse y un refuerzo continuo



Aunque muchos niños con TDAH tienen problemas de aprendizaje, no siempre es así, pero sí  es cierto que la mayoría pueden tener problemas escolares. Las dificultades más frecuentes son: problemas con la comprensión y fluidez lectora, dificultades en el cálculo y la resolución de problemas matemáticos, problemas en la psicomotricidad fina y la coordinación visomotora, rotaciones u omisiones en la escritura,… la mayoría de estas dificultades vienen derivadas de los problemas atencionales y de impulsividad.

Como es lógico, no todas las personas que padecen TDAH padecen todos los síntomas y características que hemos descrito, por lo que es necesario hacer una evaluación exhaustiva del niño para así, adecuar el tratamiento a sus necesidades personales.




 

 

lunes, 6 de mayo de 2013

OBEDIENCIA: ¡TE LO REPITO MIL VECES Y SIGUES SIN HACERME CASO!


 
¡Cuántas veces habré escuchado de los papás frases como estas!: “no obedece”, “le tengo que repetir las cosas mil veces y nada, como si oyera llover”, “parece que sea sordo, no escucha”, “para lo que le interesa bien que obedece a la primera”.  El objetivo de este artículo es que los padres que os reconozcáis en esas frases introductorias, podáis poner en práctica algunos consejos o medidas para solventar esos problemillas de obediencia tan cotidianos.

¿Por qué desobedecen los niños? Los niños y niñas no nacen desobedientes, la obediencia y la desobediencia son conductas que se aprenden aunque el aprendizaje sea más difícil en unos/as niños/as que en otros/as.

 


 Muchos niños que desobedecen han aprendido  que hasta que papá o mamá no me lo repite 6 o 7 veces, no obedezco. Por ejemplo: mamá desde la cocina, grita una orden: “apaga la tele y haz los deberes”. Por supuesto, el niño o niña sigue haciendo lo que le gusta sabiendo que mamá lo va a repetir varias veces más y sólo hasta que oyen a mamá que llega al salón como un miura, es cuando obedecen. Tanto los hijos como los padres, saben que eso se repite en la mayoría de veces que les da una orden, por lo tanto, responden cuando ven que “ahora sí que va en serio”. Lo habitual es que en ese punto la madre o padre esté echando humo por la nariz, diciéndole al niño lo malo que es y lo mal que se porta y olvidando que los padres somos los responsables de que el niño aprenda una manera alternativa de comportarse.

 

Además, en ocasiones, la desobediencia es un modo de atraer la atención de los adultos. Los niños y las niñas deben obtener más atención por obedecer que por desobedecer SIEMPRE.

 

Hemos dicho que los niños no nacen desobedientes y que la obediencia y desobediencia es una conducta que se aprende, así que, ¿cómo aprendemos a comportarnos?

Las conductas que los niños (y también los adultos) muestran, dependen de las consecuencias que estas conductas producen, es decir, los comportamientos o conductas que obtengan consecuencias positivas, tenderán a repetirse en el futuro. Igualmente, las conductas que producen consecuencias negativas, tienden a reproducirse con menor probabilidad.

 

Este principio básico de aprendizaje es el que seguiremos a la hora de modificar las conductas de desobediencia de los niños.

 

Desobediencia: ¿qué hacer?. Es necesario registrar durante un periodo de tiempo por ejemplo una semana el número de veces que el niño o la niña se niega a obedecer. Si el niño o la niña realizan el registro o colaboran en el mismo es mucho mejor para los futuros resultados de la intervención.

 

-       Elegiremos las instrucciones o normas a las que consideramos más urgente que obedezca.

-       Es necesario informar al niño o la niña de los progresos en obediencia, trasmitiéndole confianza en que puede conseguirlo, y que si le exigimos, es porque sabemos que puede hacerlo.

-       Plantear un plan de premios que podrá obtener por obedecer (tiempo de juego, salidas o pequeños regalitos) y las consecuencias negativas (castigos) que puede tener por desobedecer (eliminar un privilegio, no ver TV...). Pero los reforzadores más importantes para niños y niñas son; el cariño, la atención, las sonrisas y la aprobación de los adultos que le rodean.

-       La exigencia a obedecer debe ser gradual. Se debe comenzar por cosas a las que le resulte fácil obedecer para que podamos premiarlo/ a por ello sobre todo con nuestra atención, para que “le coja gusto o le compense ser obediente”

-       .Asociar la obediencia a las tareas cooperativas “yo escribo mientras tu haces las tareas, recogemos juntos...”, Realizar actividades juntos no significa hacerlo por él o ella.

 

DAR ÓRDENES DE MANERA ADECUADA

-          Distinguir órdenes de peticiones: las órdenes están referidas a normas y responsabilidades básicas del niño; las peticiones son más bien favores o caprichos personales, que de alguna manera pueden o no cumplir.

-          Reducir el número de órdenes: se dan de una en una, a mayor edad se pueden ampliar.

-          Orden clara: el niño tiene que saber perfectamente lo que debe hacer

-          Dar la orden con seguridad y contundencia: tono de voz firme, sin dar alternativas

-          Dar la orden cerca del niño, mirándole y asegurándonos de que nos está escuchando

-          Si el niño no quiere o no obedece: no ceder porque la próxima vez tampoco lo cumplirá. Obligarle adoptando medidas: llamarle la atención (máximo tres veces) y si aun así no lo hace, adoptar alguna de las medidas que exponemos a continuación.

MEDIDAS ESPECÍFICAS SI SE INCUMPLEN LAS NORMAS O LAS RESPONSABILIDADES

1.     Recordar la norma o responsabilidad

2.     Regañar: con buenas palabras pero contundentes y a la vez explicarles cómo esperamos que actúe.

3.     Sufrir las consecuencias.

4.     Sobrecorrección: repetir lo que no ha querido hacer o reparar el daño realizado.

5.     Retirada de privilegios: suprimir temporalmente objetos o actividades agradables.

6.     Tiempo fuera: retirar al niño a un sitio aburrido, sin ningún estímulo, pero seguro y que no le de miedo. Estará tantos minutos como años tenga. Previamente el niño debe conocer que el tiempo que va a  estar allí es limitado. Si se escapa, se le hará volver y  se le penalizará con un minuto más. No comentar lo sucedido.

 

Os animo a que pongáis en prácticas estas estrategias, aún si vuestro hijo es muy pequeño, ya que los límites y las normas deben aplicarse en todos los niveles de desarrollo de los niños.

           

 

 

jueves, 18 de abril de 2013

El miedo infantil: ¡mamá hay un monstruo en el armario!




¿Quién de nosotros no ha sentido miedo cuando éramos niños?
Es más, algunos de esos miedos, puede ser que todavía los mantengas. 
Las personas, y sobre todo los niños tienen miedos muy variados a lo largo de su desarrollo. Muchos de esos miedos son pasajeros, no tienen gran importancia y pueden ser considerados propios de edades determinadas. 
El miedo tiene una función, si existe, es por algo: es una alarma que nos avisa de que estamos en peligro y hace que no corramos riesgos innecesarios y desde muy pequeños vamos aprendiendo que debemos alejarnos de lo  que es potencialmente peligroso, por ejemplo, cuando gritamos ¡No! al niño que se acerca al enchufe.
Como hemos dicho, los miedos en la infancia son muy comunes y en general, a la mayoría de niños les asustan las mismas cosas: las personas desconocidas, los ruidos fuertes, la oscuridad, los animales, las máscaras o disfraces, separarse de los padres,…podemos decir  que los miedos más comunes según la edad son los siguientes:
-          Entre los 0 y 2 años: ruidos fuertes, extraños, separación de la figura de apego, animales, oscuridad, heridas.
-          Entre los 3 y 5 años: ruidos fuertes, animales oscuridad, separación, daño físico, disfraces
-       Entre los 6 y 8 años: separación, animales, oscuridad, daño físico, seres imaginarios, tormentas, estar sólo, colegio
-     Entre los 9 y 12 años: animales, daño físico, tormentas, colegio, no tener buen aspecto físico, relaciones sociales, muerte
-          A partir de los 13 años: animales, daño físico, colegio, aspecto físico, relaciones sociales, muerte.
Como vemos, es muy común que nuestros hijos pasen por algún periodo de miedo a lo largo de su desarrollo y muchos de ellos desaparecen por sí solos sin necesidad de tratamiento, permitiendo al niño madurar, pero ¿cuándo debemos preocuparnos?.
Un miedo se considerará fobia cuando ese miedo sea desproporcionado: el objeto temido es inocuo, no tiene ningún peligro, no entraña objetivamente amenaza, como sucede con la oscuridad. Otra manera de decidir si es fobia, sería si la reacción ante el objeto es excesiva, es decir, ante situaciones ante las que es normal sentir cierto desasosiego, el niño muestra una reacción exagerada (por ejemplo chillar o llorar inconsolablemente cuando va al médico). Y finalmente, cuando la reacción es  desadaptada: produce malestar, síntomas desagradables, influye en el día a día del niño y repercute en su desarrollo, en el ambiente familiar o en el rendimiento académico (el típico caso de vómitos o diarreas ante los exámenes).
Es en esos casos, cuando el miedo repercute en la vida del niño impidiéndole un desarrollo adecuado y alterando su funcionamiento cotidiano, cuando hay necesidad de intervenir.
No podemos entrar en detalles de cómo intervenir en cada miedo, pero aquí os dejo unas recomendaciones generales:
En primer lugar, tenemos que prevenir. Esto quiere decir que a pesar de que es muy probable que el niño  pase por  periodo en el que muestre algún miedo, intentaremos no “meterle miedo”. Por ejemplo, es muy común que cuando el niño nos pide ir a dormir a casa de los primos por primera vez,  le digamos: “¿seguro que no tendrás miedo y no llorarás?”. Y así con muchas cosas: esa peli te va a dar miedo, nooo tranquilo que el dentista no duele, ¿A que llamo al coco para que se lleve los juguetes que no has recogido?. Así que ya sabéis, cuidado, que los niños se asustan.
En segundo lugar es importante analizar nuestros propios miedos, ya que está comprobado que los miedos se aprenden por observación de los padres. Es decir, si mamá tiene miedo a las tormentas o los perros es muy probable que el niño aprenda que las tormentas o los perros son peligrosos.
Si ya ha aparecido el miedo, podemos hacer algunas cosas para ayudar al niño a vencer su miedo:
-          Ir por pasos: acercarse gradualmente al objeto temido, tiempos cada vez más largos de exposición en la situación temida, intensidades cada vez mayores,… es decir, haremos que el niño se exponga a lo que le da miedo poco a poco.
-      Los cuentos son otro recurso que normalmente son muy efectivos con los niños. Podemos aprovechar cuentos específicos para el miedo pero yo recomiendo que sea el niño quien elabore un cuento en el que aparezca el miedo y el niño como protagonista. Esto es efectivo por dos motivos: en primer lugar, el niño aprende a diferenciar entre imaginación y realidad y por otro lado, se vence el miedo al ser el protagonista y decidir vencerlo.
-          A través del juego también podemos ayudar a que el niño haga frente al miedo. Los juegos en los que interpreta un personaje, escenificar la situación, etc, nos va a servir de entrenamiento para que a la hora de enfrentarse al miedo real, el niño se sienta mucho más seguro.
-    Intentaremos dar mensajes de seguridad y ánimo al niño, no despreciemos su  miedo y le reforzaremos con premios para que el niño sea consciente de su avance y de que nosotros también valoramos su esfuerzo y mejora.

Como os decía al principio, que los niños tengan miedo es muy normal, así que si vuestro hijo tiene miedo, no os asustéis, tiene solución!!!

De todos modos, si tenéis algún tipo de duda, estaré encantada de orientaros.

Feliz fin de semana!

miércoles, 13 de febrero de 2013

INTELIGENCIA EMOCIONAL:DESARROLLARLA DESDE NIÑOS ( Parte I)


Miedo, asco, repulsa, indignación, afecto, esperanza, agobio, furia, aprensión, humillación, confusión, exasperación, desánimo, culpa, alegría, indiferencia, pesimismo, celos, deseo, decaimiento, euforia, tristeza, melancolía, desazón, inquietud,…. Éstas son algunas de la multitud de emociones que sentimos a lo largo, no sólo de nuestra vida, sino que en ocasiones, las sentimos en un solo día. Ahora bien, ¿cuántas palabras de las mencionadas usamos para nombrar nuestra emociones?. Normalmente sólo nos referimos a las básicas: tristeza, alegría, miedo, ira, asco y se nos olvida la enorme cantidad de vocabulario que tenemos para definir lo que sentimos e incluso no sabemos que eso que sentimos tiene una palabra “perfecta” para definirlo.

Parece que suspendemos en vocabulario emocional, algo que es importantísimo para desarrollar nuestra inteligencia emocional. Pero aquí se nos pueden plantear diferentes preguntas: ¿qué es eso de la inteligencia emocional?, ¿es algo que se desarrolla o se tiene de manera innata?, ¿Quiénes son inteligentes emocionalmente?. ¿tiene algo que ver con el cociente de inteligencia?... vamos a intentar responder a estas y otras cuestiones que a menudo nos hacen tanto pacientes adultos como papás de pacientes infantiles.

El término inteligencia emocional fue usado por Salovey y Mayer en 1990, haciendo referencia a las cualidades emocionales que pueden tener gran importancia para conseguir el éxito y entre ellas incluían cualidades como la empatía, la persistencia, la expresión y comprensión de emociones, la capacidad de resolver problemas, etc.

Posteriormente, Gardner, en su proyecto Spectrum, crea la teoría de las Inteligencias Múltiples, en el que critica las teorías clásicas de inteligencia que se centran en medir las capacidades lógico-matemáticas y lingüísticas y afirma que el ser humano tiene un gran repertorio de habilidades que deberíamos identificar a nivel individual para poder fomentar las habilidades naturales de cada persona. En un principio, habla de siete inteligencias que son naturales en el ser humano: la lingüística-verbal (expresión verbal), la musical,  la lógico-matemática, la espacial (orientación), la corporal-cinestésica, (deportes, uso de herramientas,..) la  intrapersonal (conocimiento de uno mismo) y la interpersonal (relación con los demás). Posteriormente incluyó una octava: la naturalista (estar en armonía con el ambiente). Las inteligencias intrapersonal e interpersonal, son las que compondrían la inteligencia emocional.

Esta idea de Gardner, fue retomada por Goleman en su famosísimo libro “La inteligencia emocional”, que ayudó en gran manera a consolidar las primeras teorías.

La educación tradicional ha dado gran importancia a los conocimientos científicos o académicos y normalmente, solemos pensar que un ingeniero, un médico, un empresario, son personas inteligentes pero  no solemos pensar lo mismo de un orfebre que tiene gran habilidad para trabajar el metal o un deportista de éxito, simplemente creemos que son habilidades físicas o naturales. Para Gardner, tan importante o más que resolver un problema matemático o interpretar una partitura, es saber relacionarse bien con los demás o conocerse bien a sí mismo, es decir, el éxito de una persona no sólo depende de su rendimiento académico o profesional, sino que también depende de su inteligencia emocional. Es más ¿a cuántos de nosotros cuando hablamos de ejecutivos de éxito, se nos viene a la cabeza una persona estresada, que se enfada en casa por pequeñas cosas, infeliz y egocéntrica?. O el “cerebrito” del instituto, que siempre saca sobresalientes pero que se siente aislado porque no sabe relacionarse con sus compañeros. Puede que sólo sean estereotipos o clichés, pero reflejan una clara falta de inteligencia emocional.

Algo que ejemplifica perfectamente esta importancia que se le ha dado tradicionalmente al rendimiento académico, lo podemos observar en un caso que nos llegó hace un tiempo a nuestra consulta; Juan (nombre ficticio), de 16 años, había sido hasta ese momento un chico alegre y estudioso, que solía sacar buenas  notas. De pronto, en la última evaluación, sus notas bajaron de manera alarmante y parecía que estaba un poco tristón. Los padres, preocupados por este bajo rendimiento escolar decidieron buscar ayuda profesional para intentar salvar el curso. Tras evaluar el caso, nos dimos cuenta de que Juan había sufrido un desengaño amoroso que hizo que se desmotivara en relación a los estudios y otras actividades. Pero sus padres sólo se dieron cuenta de que las notas bajaban, llegando Juan a comentar: “si no fuera porque ya no apruebo, no se habrían dado ni cuenta de que me pasaba algo”. Significativo, ¿no?.

¿Qué puede pasar si no educamos la Inteligencia Emocional? Las consecuencias son múltiples, y van desde hacer que los niños sean temerosos y tímidos hasta niños tiranos que no salen del egocentrismo natural de los primeros años de vida (creen que son el centro de todo lo que les rodea).

 

Debemos educar de tal manera que los niños reconozcan en sí mismos y en los demás la multitud de emociones que tiene el ser humano y por supuesto, tenemos que poner límites, es decir, enseñar al niño qué es lo que puede y no puede hacer. Pero habrá que tener cuidado, porque si somos demasiado autoritarios, podemos hacer que el niño sea una persona dependiente e insegura ya que espera que le digan qué es lo que tiene que hacer.

Otro punto importante en la Inteligencia Emocional es la empatía que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Si el niño no sabe reconocer, manejar y expresar sus sentimientos, muy difícilmente podrá entender el punto de vista de los demás, dificultando la comunicación y las relaciones sociales.

Todo esto va a depender del estilo educacional de los padres, de sus experiencias de vida, de la personalidad del niño, de los acontecimientos estresantes que pueda sufrir el niño, pero no debemos olvidar que los padres deben ser modelos de conducta para los hijos, lo que incluye la inteligencia emocional. Si nosotros no sabemos identificar nuestras emociones o nos sentimos frustrados ante pequeñas decepciones, no valoramos nuestros logros o no sabemos comunicarnos adecuadamente, ¿cómo podemos pretender que los niños lo hagan?. Así que el primer paso para poder educar estas habilidades en el niño es educarlas en nosotros mismos.

La Inteligencia Emocional tiene varios componentes, incluyendo la asertividad, la autoestima y el autocontrol; iremos acercándonos a cada uno de estos puntos en posteriores artículos, de momento, quedémonos con la definición que el gran filósofo español José Antonio Marina, hace de la inteligencia emocional: “ es una herramienta cuyo  principal objetivo es la búsqueda de la felicidad”.